Los Duques de Windsor, un amor sin fronteras

Hay enlaces matrimoniales que han marcado toda una época y que aún hoy se recuerdan. Bodas históricas , bodas de reyes, príncipes,  aristócratas, de famosos (algunos con peineta incluída), de artistas, de toreros… Todo un universo nupcial plasmado en las páginas ‘couché’ de las revistas del corazón y que, rescataremos desde Web Boda.

Sin imperativo cronológico alguno, iniciamos esta sección con los Duques de Windsor. Eduardo y Wallis, se conocieron en 1935, durante una cena de amigos comunes, a la que ella asistó con su segundo marido, dos años después, el monarca renunciaba a la Corona y se casaba con la norteamericana.

La abdicación de Eduardo VIII y su boda con Wallis, convulsionó los estamentos británicos y provocó rios de tinta en periódicos y revistas de medio mundo. Ella, divorciada y plebeya no era en absoluto bien vista por la Familia Real, pero el amor triunfó, y la boda se celebró , casi clandestinamente, un día de junio de 1937, en la localidad de Tours (Francia), en un castillo de unos amigos, adquiriendo el rango de duquesa de Windsor, como su marido.

Durante treinta y cinco años, hasta la muerte del duque, Wallis se convirtió en una de las mujeres más elegantes, vestida por los mejores modistas y diseñadores, y enjoyada como pocas, siendo temida y admirada a la vez, en las cenas de gala y celebraciones a las que el matrimonio asistía con frecuencia.

La exquisitez y el lujo no están reñidos con el buen gusto. Ella lo supo, y lo demostró el día de su enlace. La alianza de pedida montada sobre una esmeralda de 20 quilates, que veinte años después, modificaría incorporando oro y platino y el brazalete que le regaló Eduardo y que lució el día de la boda, con 45 zafiros y otros tantos diamantes, ambos de Cartier, o el archifamoso vestido que le diseñó y confeccionó Mainbocher en crepé satinado.

El  novio lució un traje de gala, y el genuino nudo de corbata ‘windsor’, que él puso de moda y que sigue vigente hasta nuestros días. De Cartier fueron también otras joyas de enorme valor como los espectaculares  broches de pantera, uno de los animales preferidos de la duquesa, entre los que sobresale uno, en el que el felino está sentado en un zafiro cabujón de 152 kilates.

Y otras tantas piezas antológicas como estos curiosos ‘anteojos tigre’ confeccionado a base de oro, esmeraldas y esmalte negro, y que era ideal para las lujosas noches de ópera, a las que el matrimonio asistía con frecuencia.

O este impresionante reloj, encargado por Wallis a la joyería Cartier, casa que, después del  fallecimiento de la duquesa, recuperó parte de las piezas en una subasta de Sotheby´s, pasando a formar parte de la colección Cartier, que ha recorrido las principales ciudades del mundo en una exposición que llegó a Madrid el pasado año.

Y para rematar este muestrario de objetos infinitamente bellos, un collar Draperie realizado con oro, platino, diamantes, turquesas y amatistas.

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